Violencia contra los niños en América Latina y el Caribe

Sra. Mercedes Román, Coordinadora de GNRC para América Latina y el Caribe (LAC) y Consejera para la Educación Ética

Sra. Mercedes Román, ex Coordinadora de GNRC para América Latina y el Caribe (LAC) y actual Consejera de Educación Ética en la región.

El término violencia contra los niños hace referencia a situaciones muy diversas. El informe del Secretario General de la ONU (2006), recoge la definición de la Convención de los Derechos del Niño en su artículo 19: “toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual”, sintetizada por David G. Gil como: “situaciones que impiden la realización de su innato potencial humano” (Violence Against Children, Journal of Marriage and Family, Vol, 33, No. 44)

La clasificación que hace el Informe sobre Violencia de la Organización Mundial de la Salud, OMS (2003) sobre los tipos de violencia –auto infringida, interpersonal y colectiva- ayuda a entender de qué estamos hablando cuando nos referimos a la violencia contra los niños en LAC.

La violencia en general, como negación de un ambiente de paz, va cambiando por naciones y regiones. El Índice de Paz Global (Global Peace Index) de 2014, indica que Sud América estaría ligeramente mejor, mientras América Central y el Caribe, ligeramente peor que la media mundial. Estos índices conjugan 22 categorías o situaciones, todas ellas afectando directa o indirectamente a los niños.

En LAC las particularidades sub-regionales son importantes: En Centro América los países con índices más violentos son Guatemala, El Salvador, Honduras y México. En El Caribe Jamaica, República Dominicana y Trinidad y Tobago. En estas dos regiones la violencia relacionada con narcotráfico y pandillas pone un enorme peso en las estadísticas. En Sud América, Colombia y Venezuela tienen los índices más altos, en el primero dado el peso del conflicto armado con sus refugiados y desplazados. A falta de índices especializados sobre “violencia contra los niños” podríamos deducir que son en estos países donde un mayor porcentaje de niños tienen su “innato potencial humano” más comprometido.

Siendo que el término violencia se refiere a muchas situaciones, cuando hablamos de la situación de los niños y niñas en LAC, implicamos desde el conflicto armado en Colombia hasta el acoso entre pares (niño a niño), pasando por una amplia gama de situaciones: violencia física, emocional y negligencia intra-familiar, abuso sexual de niños, trata de niños por diversos motivos, violencia de maestros sobre estudiantes y de estudiantes sobre maestros, violencia contra niños trabajadores, violencia a niños institucionalizados, violencia relacionada con pandillas por consumo y tráfico de drogas. La lista no agota las situaciones de violencias en las que los niños y niñas viven, siendo importante no minimizar la violencia que sufren por la falta de satisfacción de sus necesidades básicas.

Datos cualitativos podemos resumir del dialogo directo sobre la violencia con los mismos niños, niñas y jóvenes, que nos llevan a poner de relieve las siguientes situaciones:

La violencia intra-familiar es muy común y expandida en todos los estratos sociales, ejerce un especial impacto emocional en la psiquis de los niños, y en los estratos pobres está exacerbada por una cadena de frustraciones por carencias económicas. Sentirse violentados o abusados desde padres o personas mayores, de quienes esperan protección, “duele más y profundo”. El maltrato del padre o padrastro hacia la madre es fuertemente subrayado por los niños. La violencia intra-familiar está relacionada sobre todo con patrones culturales en cuanto al ejercicio de poder, control y disciplina.

El diálogo con niños, niñas y jóvenes estructurado alrededor de la violencia intra-familiar,  es conducido por ellos mismos hacia el diálogo sobre la violencia en las escuelas y en la comunidad. De igual manera cuando el diálogo ha sido estructurado alrededor de la violencia en la escuela, éste es llevado por ellos mismos hacia la violencia en la familia y en la comunidad. Desde sus mismas percepciones todo está relacionado; el niño violentado por las relaciones o carencias dentro de la familia, tiende a ser el niño agresivo en la escuela, el que no puede concentrarse, el desertor escolar, el que se vuelve “niño de la calle”, el que ha desarrollado el perfil para ser reclutado por las pandillas, y cuyas posibilidades de terminar en un centro de detención son altas. De una manera análoga, las niñas y jóvenes de estratos pobres que han sido victimas de abuso sexual, presentan el perfil más alto para convertirse en madres solteras y prematuras, “niñas de la calle”, y encontrar en la prostitución una estrategia de sobrevivencia.

Las historias de jóvenes organizados en pandillas (“maras” en Centro América), también nos remiten al drama de la desestructuración familiar. La mayoría son hijos de padres inmigrantes en una abrupta transición del campo a la ciudad, hijos de padres que emigraron en busca de trabajo dejándolos abandonados o semi-abandonados, hijos que no resistieron el maltrato y violencia en su familia. Una vez en las pandillas, enfatizan que ésta es “su familia”, que ahí encontraron un sentido de pertenencia, de disciplina, de objetivos en la vida, de satisfacción de necesidades, una cuota de poder, y una respuesta a una sociedad que les negó lo básico en un mundo de abundancia y desperdicio para otros, un mundo que ellos conocen básicamente por los medios de comunicación y la ostentosa oferta pública de mercancías.

Por los mismos testimonios de jóvenes envueltos en pandillas, sabemos que no todos han sido especialmente violentados en sus familias, su envolvimiento comenzó con la paulatina adicción a drogas. La amplia oferta de drogas, la influencia y hasta presión entre pares son elementos considerables en la iniciación al consumo. El fenómeno de las pandillas juveniles ha dejado de ser urbano, se ha extendido entre jóvenes de zonas rurales, y últimamente se informa sobre el uso de niños como sicarios, pagados por adultos para asesinar, como una táctica del narcotráfico para escamotear la ley. La reacción de los Estados de modificar las legislaciones, disminuyendo la edad de responsabilidad penal, trae una nueva victimización contra los niños.

Niños y jóvenes envueltos en el tráfico y consumo de drogas, ponen un peso fuerte en las estadísticas de violencia en la región, especialmente en la Centro Americana. Su complejidad sobrepasa por mucho las respuestas existentes. La economía en la región está altamente energizada por la producción de drogas, tráfico y lavado de narco-dólares.  Los intereses creados alrededor de la misma envuelven niños y jóvenes, micro-traficantes, carteles que controlan mucho poder, así como a la macro-economía y la política de los Estados.

El problema de la violencia contra y entre niños es vasto, profundo y complejo. De un lado tenemos una estructura socio-económica que no responde al “bien común”, de otro una cultura en la que se ejerce poder con abuso y se resuelven conflictos con violencia. Actuar sobre el problema requiere una comprensión del todo, pero a la vez, las organizaciones ocupadas por los derechos y el bienestar de los niños y niñas solamente pueden actuar desde partes del problema.

En la tarea de prevención, es importante considerar que los países con índices de violencia más alto contienen situaciones de violencia colectiva que finalmente serán solucionadas desde políticas públicas. Sin quitar el rol de la sociedad civil frente a la violencia colectiva, hay que tomar en cuenta las  limitaciones de las ONGs frente a un fenómeno macro y complejo, especialmente si sus recursos son limitados. Un trabajo asertivo desde la violencia inter-personal, es la implementación de Educación Ética por la construcción de una cultura de paz, promoviendo un movimiento social que expanda una visión ética en las relaciones con “el otro” y con la comunidad, construyendo el ser-ciudadano, e interviniendo lo más pronto posible con el trabajo directo entre niños, niñas y jóvenes.

Los programas de Educación Ética tienen que tomar en consideración el rol preponderante que tiene la familia, y en ella, la restauración de un diálogo inter-generacional, fuertemente distanciado en la sociedad contemporánea. Especialmente en las poblaciones empobrecidas, programas de Educación Ética tienen que implementarse en colaboración con otras iniciativas que vayan creando posibilidades para una vida digna entre niños, niñas  y jóvenes.