Incentivando la participación de los Jóvenes para Prevenir y Proteger a los Niños de la Violencia

Sra. María Lucía Uribe, Directora de Arigatou Internacional- Ginebra y Secretaria General del Consejo Interreligioso de Educación Ética para los Niños y Niñas

Hace muchos años visité Medellín, Colombia para investigar las iniciativas de paz en el país. Fui a Comuna 13, en Medellín, que solía ser uno de los barrios más peligrosos en el mundo, y un lugar clave para el entrenamiento del paramilitarismo, la guerrilla y las pandillas criminales. Mientras esperaba afuera de una panadería para ser recogida por alguno de mis contactos del gobierno local, no pude evitar notar que habían algunos jóvenes rondando y caminando de un lado hacia otro. Estaba un poco nerviosa ya que me habían dicho que mantenga un perfil bajo y no traiga conmigo objetos de valor pues esto podría despertar la curiosidad de los miembros de las pandillas.

En tanto esperaba a que llegue mi contacto por casi 15 minutos, me di cuenta de que ya había despertado la curiosidad en algunos de esos jóvenes, así que fue solo cuestión de minutos hasta que se me acercó un muchacho y me preguntó si podía comprar un pan y una soda para él. Lo miré y le dije: “¿cuál es tu nombre?” Y él respondió “Diego”. Le dije “de acuerdo Diego, voy a comprar un pan y una soda para los dos pero me acompañas un rato.” Nos sentamos juntos en una esquina de la calle, uno junto al otro, y con no mucho en común pero con un profundo interés en conocer quién era el otro, permanecimos en silencio por algo más de un minuto comiendo un pedazo de pan dulce. Diego, que tenía solo 14 años, se veía un poco intrigado pero al mismo tiempo confiado a medida que iniciaba la conversación. “¿Qué está haciendo aquí?” dijo de repente sin mirarme; a lo que yo respondí: “estoy esperando a un amigo”, y sin darle tiempo a hacerme otra pregunta le dije rápidamente: “¿qué hay de ti, qué estás tú haciendo aquí?” Me miró y me dijo: “¡yo vivo aquí!” con un marcado acento de la región. Imaginé que con su respuesta estaba implicando que yo no tenía nada que hacer allí, puesto que él sabía que yo no era de ésa zona. Le dije: “hay mucho movimiento hoy y mucha gente joven alrededor. ¿No tienes que estar en la escuela ahora?” Me dijo: “yo no estudio, ayudo a mi mamá”. “¿Qué haces para ayudarla?” repliqué. Él dijo “solo trabajo”. Continué la conversación pretendiendo que no estaba al tanto de la dinámica en el área donde muchos jóvenes son parte de pandillas criminales y algunos trabajan como “carritos”: informantes o portadores- vigilando el movimiento en las áreas desde las ventanas de sus casas, u otros lugares clave, e informando cuando llegan personas nuevas, así como portando drogas, armas, o matando para demostrar que son dignos de pertenecer a la pandilla.

Diego se abrió para mi mucho más de lo que yo esperaba. Respondiendo a mi pregunta acerca de dónde trabajaba, me dijo que su madre tuvo que trabajar muy duro para él y sus otros dos hermanos y que él necesitaba ayudarla. Quedarse en la escuela no era una opción para él. Dijo: “sabe, nos mudamos hace poco a este barrio, porque yo no me podía quedar donde vivíamos antes. Ellos (las pandillas criminales) querían matarme. Aquí, tengo que unirme a ellos y trabajar, sino no puedo quedarme”. Dije: “Entonces, ¿qué haces?” Me respondió “ayudo haciendo cosas pequeñas, pero también grandes”. “¿Qué exactamente?” dije en un tono suave, evitando sonar muy ingenua o insistente. Dijo: “hago favores a gente a cambio de dinero y me pagan bien. Me pagan más en un día de lo que gana mi mamá en todo un mes de trabajo”. Continué la conversación tratando de empatizar con su madre, y compartiendo mis opiniones sobre cuán difícil puede ser la vida, lo injustos que son los sistemas económicos, y cuánta pena sentía por las madres que tienen que trabajar jornadas dobles para llegar a fin de mes. Inmediatamente me dijo: “esta es la razón por la que también hago favores grandes, aunque me gustaría no tener que hacerlos”. “¿Qué has hecho que desearías no haber tenido que hacer?” Repliqué. Miró al horizonte y apunto con su dedo índice a su boca e hizo el sonido de una pistola siendo disparada. Me quedé callada por unos segundos, haciendo una pausa y tratando de ordenar mis pensamientos. Un niño, un niño de 14 años, un joven inocente, recién comenzando a vivir, ha cometido ya un crimen más grande que él, y, sin estar consciente de ello, ha violado lo sagrado de su propia vida y la de otros. Puse mi mano suavemente en su rodilla, y dije “eso es duro”. Él trató de no mostrar ningún remordimiento, y dijo: “eso no es nada”.

Nuestra conversación continuó por unos diez minutos más o menos, hasta que me llamaron al móvil y me dijeron que vaya a otro lugar. Le dije que tenía que irme pero que fue muy amable de su parte acompañarme. Él solo sonrió y dijo: “¿cuál es su nombre?” Mientras me inclinaba para darle un abrazo le dije “continúa estudiando, siempre hay una forma de salir”, me despedí con la mano y le dije “María Lucía”. Me fui pensando cuán vacías resultaban mis palabras para alguien como Diego.

Diego es uno de los muchos jóvenes que han sido inducidos a una pandilla o grupo criminal. Una juventud que se siente desesperada, aislada y en busca de un significado. Una juventud que vive con temor y se siente insegura de sí misma, del mundo a su alrededor, y de su futuro. Desafortunadamente esta es la realidad para muchos jóvenes en todo el mundo. Imaginen cómo es crecer con miedo, saber lo limitadas que son sus oportunidades, y qué desfavorable les es el presente y se les vislumbra el futuro. Imaginen lo que es saber que por ser quienes son o por el lugar en el que nacieron, están condicionados, y que las únicas alternativas que tienen son las mismas que les impedirán ser totalmente parte de la sociedad.

Durante ese viaje también conocí a muchos otros chicos que eran parte de grupos juveniles para promover la paz y la coexistencia en sus barrios y más allá. Jóvenes a los que se les dio una oportunidad de ser parte de una comunidad, que se sentían acogidos por otros, y que tuvieron la suerte de desarrollar sus habilidades y prosperar. Jóvenes que se convirtieron en líderes pese a la adversidad, que son ahora modelos para otros jóvenes, y que se sienten protegidos y empoderados.

No hay fórmulas mágicas para prevenir que los jóvenes ingreses en grupos violentos, y no hay maneras únicas de abordar el tema, ya que las intervenciones requerirían colaboraciones y acercamientos multi- sectoriales; aun así, existen ciertamente condiciones claves que necesitan ser creadas para que los jóvenes prosperen y se desarrollen. Me gustaría resaltar tres de ellas:

1. Fortalecer los sistemas de educación y las mallas curriculares para incluir el aprendizaje social y emocional que ayuden a cultivar en los niños la resiliencia, la empatía y la autoestima que puedan ayudarles a fortalecer sus identidades, y relacionarse mejor con otros, guiados por valores que fomenten una humanidad común. Estos espacios están muy a menudo ausentes en las escuelas.

2. Apoyar a las familias, padres y cuidadores, a través de comunidades religiosas, escuelas o espacios de trabajo, para aprender y practicar alternativas a la violencia en la crianza de los niños, y para reflejar la importancia de ser modelos a seguir para sus hijos mediante acciones y comportamientos que sean congruentes con los valores éticos que quisieran que sus hijos mantengan.

3. Invertir en la creación de oportunidades y espacios en la comunidad para que los jóvenes participen, se conecten con otros y se sientan apoyados, independientemente de su origen socioeconómico, cultural o religioso. Estos espacios deben ser significativos, incluyentes y apoyados por la comunidad para incentivar su sentido de pertenencia.

Al recordar a Diego hoy, pienso en lo que lo llevó a formar parte de un grupo criminal, sinceramente espero que haya encontrado una salida, una plataforma comunitaria de la que ser parte, y oportunidades para desarrollarse libre de violencia. Sinceramente espero que mientras seguimos con nuestras vidas, como individuos, tomemos el tiempo para reflexionar en las tantas víctimas jóvenes de la violencia, y nos comprometamos a participar con la juventud en nuestras comunidades, a escuchar sus necesidades, y a estar allí para ellos, presentes y disponibles, cuando lo necesiten.